Tan inmenso fue el horror de la ahora llamada Primera Guerra Mundial (1914-1918), que todos los beligerantes, de uno y otro bando, convencidos de que no podría haber ninguna otra que la superase en mortandad y destrucción, coincidieron en bautizarla como la Gran Guerra. La fotografía, que hasta ese momento se había circunscrito al retratismo -antes de marhar al frente, oficiales y soldados posaron ante la cámara como un anticipo de la gloria-, fue la encargada de mostrar la realidad de las trincheras, en cuyo barro se empantanaron todos los sueños de un mundo agraciado por el progreso. Las imágenes no sólo difundieron las pilas de cadáveres y las penurias de los mutilados, sino también los resultados de nuevos experimentos bélicos, como la fumigación del enemigo con gas mostaza.

En efecto, hubo una Segunda Guerra Mundial (1939-1945), y fue más demencial, más perversa, más destructiva y más mortífera que la anterior. Entre estas dos contiendas se extendieron por todo el mundo las réplicas de un crac financiero que había estallado en 1929 en la Bolsa de Nueva York. Estados Unidos, que en contraposición a Europa parecía entonar el optimista contracanto del ”american way of life”; se estremeció. En el país donde hasta un don nadie podía convertirse en millonario de la mañana a la noche, cundió el desempleo, tanto en la industria como en el campo, y los valores bursátiles se desplomaron. Se entró, de este modo, en la Gran Depresión de los 30. A todo esto, en Beríln, en 1933, un oscuro cabo del ejército, que desde la década anterior venía alborotando la política alemana con evocaciones de nibelungos y walkirias, se transformó en canciller del Tercer Reich. Y lo logró con el aval impecable de las urnas. Para él, el führer Adolf Hitler, sólo una política agresiva podía resarcir a Alemania de la humillación del Tratado de Versalles, que se vio obligada a firmar tras su rendición en 1918. Y volcó todo su esfuerzo en hacer todo lo contrario de lo establecido en los papeles. Si Versalles quiso imponer a Alemania una política de desarme, el nuevo canciller puso como motor de la industrialización la producción armamentística, en aras de un proyecto imperial que asociaba la grandeza del Tercer Reich con la expansión militar. Entre tanto, supo envenenar a las masas con una ideología centrada en el racismo, que exaltaba la superioridad aria de los alemanes y condenaba al exterminio a todos los judíos, amén de los gitanos, los homosexuales y, por supuesto, los opositores políticos, en especial los «bolcheviques» La humanidad contempló azorada cómo el nazismo, aliado de la Ialia fascista de Benito Mussolini, avanzaba a paso de ganso hacia lo que día a día se volvía más inevitable: una nueva confrontación. Todas las concesiones que, en Munich y en la Sociedad de Naciones, Gran Bretaña y Francia le hicieron a Hitler con la ilusión de apaciguarlo resultaron contraproducentes: el monstruo era insaciable. Pero este exabrupto autoritario no sólo brotaba a orillas del Rhin. A orillas del Moskva, en el Kremlin, la soberbia de Stalin se cernía como un cono de sombra sobre las utopías nacidas en la Comuna de París y echadas a rodar por Lenin en Rusia en 1917. Autoproclamado «padre de los pueblos’, no sólo concentró en su persona todo el poder, sino que se encargó de eliminar a toda la oposición, integrada en su mayor parte por quienes junto con Lenin, habían protagonizado la Revolución de Octubre. Para gran desconcierto de la izquierda, Stalin y Hitler firmaron un acuerdo que facilitó el reparto de Polonia entre la Unión Soviética y el Tércer Reich, pero no evitó ía guerra. Al contrario, avivó el incendio y lo expandió por el mundo, incluso por la propia Rusia.

No por este fatídico curso de la historia el arte dejó de buscar nuevas propuestas estéticas. Entre todos los “Ismos” que florecieron con las distintas vanguardias, el Surrealismo, encabeza por André Breton, reivindicó la razón de los sueños y buceó en el inconciente, a la vez que convocó a los representantes de la cultura a luchar por un mundo mejor. No todos los artistas de vanguardia coincidieron en ello. Marinetti, inspirador del futurismo, exaltó ”el arte de la guerra”; cantó loas a la velocidad y se adhirió al fascismo. En el ámbito de la fotografía, Man Ray convirtió la experimentación en magia pero en 1940 debió abandonar Francia. París ya no era una fiesta y él, en cambio sí, judío.

En estas circunstancias, el fotoperiodista pasó a ser un protagonista habitual de los hechos cotidianos y también de los grandes acontecimientos históricos. Margaret Bourke-White es un buen ejemplo de ello. En 1930 fue la primera fotoperiodista extranjera que obtuvo permiso para entrar en la Unión Soviética -como corresponsal de Fortune- y más adeánte, durante la Segunda Guerra Mundial, fue la primera mujer acreditada como corresponsal de guerra. En sus inicios, la estadounidense se dedicó sobre todo a la fotografía industrial y viajó al valle del Ruhr, donde se concentraba la Industria del acero y armamentística alemana. Recorrió Checoslovaquia cuando Hitler comenzó a avanzar por los Sudetes y, en 1941, presenció el ataque nazi contra Moscú. También dejó testimonio de los años 30 en su país, documentando los duros efectos de la Gran Depresión sobre la población.

Por su parte, Alfred Eisenstaedt, oriundo de Alemania, se estableció en Estados Unidos cuando Hitler implantó la legislación antisemita. Unos años antes, en 1931, había ingresado en la agencia Associated Jress y retratado a los jerarcas del nazismo. De esta época son célebres sus retratos de Goebbels y del primer encuentro entre Hitler y Mussolini. En 1935 registró la guerra en Abisinia, con la cual Mussolini se estrenó como heredero de la antigua Roma  Imperial. Al año siguiente, con el apoyo de la fotógrafa Margaret Bourke-White, se sumó a la plantilla de la revista Life, en la que permaneció hasta 1972 Brassaï, fotógrafo de origen húngaro, nacionalizado francés, frecuentó los estudios de los grandes artistas del París de Entreguerras: desde Matisse y Miró hasta Picasso y Giacometti. Pero, especialmente, sus fotos fueron protagonizadas por los héroes anónimos de la noche parisina: prostitutas, delincuentes, bailarinas, clochards y demás habitantes de la calle y de los cafés y cabarets. Su obra refleja el mundo de la bohemia en la década de 1930.

En cambio, la Rolleiflex de Willy Ronis, muy comprometido políticamente, abordó la situación soial del movimiento obrero en Francia, donde el Frente Popular ganaría las elecciones en 1936. Las Imágenes del fotógrafo humanista sobre la huelga en la Citroën dieron la vuelta al mundo.

Cola comedor popular abierto en San Francisco durante la Gran Depresión – by Dorothea Lange, 1933

Afectados por las inundaciones, Estados Unidos by Margaret Bourke-White, 1937

Cuchillas de arado, Indiana, Estados Unidos by Margaret Bourke-White, 1930

Campesina, Estados Unidos by Margaret Bourke-White, 1937

La Calle 36, Nueva York, Estados Unidos by Margaret Bourke-White, 1930

Agricultores Estados Unidos by Margaret Bourke-White, 1937

El Graf Zeppelin, Alemania by Alfred Eisenstaedt, 1934

Escolares región del Volga, URSS by Margaret Bourke-White, 1931

Niños paramilitares, Checoslovaquia by Margaret Bourke-White, 1937

René Breguet, Saint Moritz, Suiza by Alfred Eisenstaedt, 1932

Vagabundo, Marsella, Francia by Brassaï, 1935

A orillas del río Arno, Florencia, Italia by Alfred Eisenstaedt, 1934

Chez «Suzy», rue Grégorie de Tour,París, Francia by Brassaï, 1932

El Folies-Bergères, París, Francia by Brassaï, 1932

Carreras en Longchamp, París, Francia by Brassaï, 1932

La banda del Gran Albert, París, Francia by Brassaï, 1931

Manifestación en París, Francia by Willy Ronis, julio de 1936

Teatro obrero, París, Francia by Willy Ronis, 1934

Campesinas soviéticas, URSS by Margaret Bourke-White, 1930-1931

Cruzando el río Arno, Pisa, Italia by Alfred Eisenstaedt, 1935

Joseph Goebbels, Ginebra, Suiza by Alfred Eisenstaedt, 1933

 

Brassaï

(1899-1984)

Nacionalizado francés, Gyula Halász nació en Brassó (en aquel entonces Hungría, en la actualidad Rumania), de ahí su seudónimo Brassaï:»procedente de Brassó». En 1923 se estableció en París, donde trabajó como periodista, pintor y escultor y contactó con artistas como Picasso o Dalí. Alcanzó la fama al publicar Paris de Nuit (1932), que recogía las imágenes de la noche parisina que había captado con una cámara de aficionado. El libro le valió el calificativo de «Ojo de París» por parte de Henry Miller. Durante la década de 1930 colaboró con las revistas Minotaure, Verve y Harper’s Bazaar, y realizó reportajes sobre los estudios de los artistas más destacados del momento. En 1963 abandonó la fotografía, pero siguió publicando libros. En 1974 fue investido Caballero de las Artes y las Letras de Francia.

 

Alfred Eisenstaedt

(1898-1995)

Nacido en Dirschau (en la antigua Prusia Oriental, actualmente Tczew, Polonia), en una familia de comerciantes judíos, Alfred Eisenstaedt empezó a interesarse por la fotografía mientras se recuperaba de las heridas recibidas en la Primera Guerra Mundial. En 1925, la muerte de su padre y la hiperinflación alemana acabaron con los ahorros familiares, y Eisenstaedt halló en la fotografía una salida profesional. Basándose en el estilo de Erich Salomón y Martin Munkácsi, pronto triunfó como fotorreportero. Pero, en 1935, ante el auge del antisemitismo nazi, emigró a Estados Unidos, donde trabajó para Life. Afamado retratista, en 1987 el presidente George Bush le libró la National Medal of the Arts. En 1993 se convirtió en el fotógrafo oficial del presidente Clinton.

 

Margaret Bourke-White

(1904-1971)

Alumna de Clarence H. White en su Nueva York natal, Margaret Bourke-White empezó su trayectoria profesional colaborando en agencias publicitarias y en la revista Fortune, para la que realizó trabajos de fotografía industrial. Miembro del equipo fundador de Life, allí publicó durante tres décadas sus imágenes más célebres, muchas de ellas como corresponsal de guerra -fue la primera mujer fotógrafa acreditada como tal- durante la Segunda Guerra Mundial. Colaboró en el libro You have seen theirfaces (1937), escrito por su esposo, el novelista Erskine Caldwell, sobre los aparceros en Estados Unidos. También conjuntamente con su marido publicó Soy Is This the USA? (1942). Por problemas de salud, en 1957 abandonó la fotografía. En 1963 vio la luz su autobiografía, titulada Portrait of Myself.

 

Willy Ronis

(1910)

A pesarde ser hijo de fotógrafo, el parisino Ronis no tomó una cámara hasta los 22 años, cuando no tuvo más remedio que ayudar a su padre en el negocio familiar. En 1936, sus objeciones a la fotografía quedaron atrás, cuando, tras la muerte de su progenitor y empujado por las deudas, se dedicó al fotoperiodismo, convencido de que la cámara era un arma contra el auge del fascismo. Comunista convencido, durante la ocupación nazi tuvo que huir a la zona controlada por Vichy, donde cooperó con la Resistencia. Tras la liberación de París, su trabajo sobre los prisioneros franceses en Alemania le otorgó gran prestigio profesional. Referente indiscutible de la agencia Rapho y de la “fotografía humanista”: son célebres sus imágenes del París popular de la posguerra.

Maestros de la Fotografía es una obra original de Estudi Cases, Buenos Aires (Argentina) ©2008 Estudi Cases. Todos los derechos reservados. ISBN 978-84-9899-099-7 (obra completa); 978-84-9899-109-3 (de este libro). Depósito legal TO-0012-2009. Impreso en la UE. Idea original Joan Ricart. Coordinación Mar Valls. Redacción Vicente Ponce, Joan Soriano. Diseño Susana Ribot. Maquetación Clara Miralles.

 

PD: Deciros que hay una fotografía de «Alfred Eisenstaedt», correspondiente a unos soldados americanos practicando tiro en Culver, Estados Unidos, realizada en el año 1939, que no he sido capaz de conseguir, y al ser una fotografía a doble página en este número de la colección, he decidido no escanearla, por ser imposible reproducirla más tarde con todo su contenido. Os pido mil disculpas.